Salario iPhone

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Salario iPhone

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El pasado lunes, por trabajo, estaba tomándome algo con un colega financiero en L’entrée des Artistes, un bar muy cuco en la plaza de Grand Sablon de Bruselas. Este amigo mío es un genio de la economía moderna y un profesional como la copa de un pino en mercados de renta fija (bonos, obligaciones y cualquier cosa que tenga que ver con deuda pública), no obstante, la conversación derivó en un concepto tan simple y llamativo como el salario mínimo. En el caso belga para 2017 es de 1.531,93€ mientras que en España, la conocida cifra de 707,60€, más del doble de diferencia entre dos países de la Unión Europea. Una auténtica salvajada de cifras que realmente hablan del respeto de los países a los trabajadores, de su competitividad o de sus expectativas. Cierto es que la teoría económica dice que el salario mínimo implica cuales son las barreras de entrada a la creación de nuevos puestos de trabajo, pero también cual es el anclaje teórico del consumo privado. A mayor capacidad económica, más demanda privada y más motor económico.

La conversación no derivó solo en una conversación sobre la diferencia entre el “milquinientoseurista” y el “notequedaninaparamileurista”, sino en lo que de verdad se podía comprar. Una de las principales dudas, no solo con un capuccino encima de la mesa (sino también con una tableta de chocolate noir de la tienda Pierre Marcolini, muy cercana a nuestro centro neurálgico de debate, en la Rue des Mínimes, camino del Palacio de Justicia) era lo que teníamos enfrente, mi interlocutor y yo teníamos ambos un iPhone6 a la vista. ¿Cuánto nos había costado el aparatito? A ambos más de 900€, ya sea de nuestro propio ahorro o a cargo de nuestras respectivas empresas. Para lo que él eran 12 días de trabajo neto, para mi eran 27 días de esfuerzo productivo. Una auténtica pasada. Cierto es que ambos podíamos comprar otro teléfono móvil de otras marcas de referencia, pero ambos confiábamos, ya sea por moda, por confianza o por snobismo de mercado en la manzana del pecado que generó Steve Jobs. Estábamos enganchados a esa marca de una forma u otra (iTunes, iCloud,…) y era muy difícil desengancharse. Él desde la primera edición y en mi caso desde la tercera.

Existe un índice de referencia, conocido por todo el mundo que es el Índice Big Mac, o saber cuál es el coste de pedir esta conocida marca de hamburguesas en cualquier parte del mundo. Esta referencia marca el nivel de vida de los países, aunque también habla de la inflación que hay por el incremento de precios de un lugar a otro y sobre todo las modas de mercado. España es uno de los países que tienen uno de los mayores problemas a la hora de compatibilizar sueldos y salarios. Tiene uno de los salarios mínimos más reducidos de toda la Unión Europea y aún así se considera uno de los países occidentales con precios de transferencia más fáciles de habilitar de un lado a otro (un precio francés es idéntico a uno español en la gran mayoría de servicios). Incluso en sectores como las telecomunicaciones o en la energía, los españoles (Juan Español y Medio por ejemplo) somos uno de los países que más pagamos por acceder a estos commodities (bienes de primera necesidad de uso insustituible para las economías domésticas y para las empresas) y por ello nos deja una menor renta disponible para bienes de inversión y de consumo duradero. ¿Se vive bien en España? De pelotas. ¿Nos toman el pelo en ciertos bienes y servicios? Como a chinos (peor incluso, ¿habéis probado a tomar el pelo a alguna vez a un chino? Generalmente iréis a por lana y volváis trasquilados). Ese índice Big Mac (actualizado por el banco UBS) nos dice que una persona que viva en Nueva York tarda 11 minutos de trabajo en pedirse esta conocida hamburguesa, mientras que un madrileño 19 (o un barcelonés 21). Eso si, peor lo tienen los habitantes de Budapest (44 minutos), el Cairo (62 minutos) o Nairobi (casi 3 horas).

¿Cuál es la moraleja de esta situación? Muy sencilla. Todos queremos tener el iPhone último modelo (en breve el 8) al precio más bajo posible, eso provoca que la mano de obra se haga en países donde este precio sea casi irrisorio y no haya precios de transferencia de patentes (India, China, Indonesia, Bangladesh…) y así se ahorren la gran mayoría de costes directos (salvo materiales), dejando la diferencia a beneficio. Como la industria se lleva a países del tercer mundo, el empleo se reduce ostensiblemente en el primer mundo, esto genera unas tasas de paro crecientes (ya que la agricultura depende del clima y los servicios cada vez tienen más importancia, por encima del 70%) y por ello, una menor demanda de personal. Esto último provoca una necesidad de aumento de la productividad, ya sea por menor contratación de personal o por salarios cada vez más menguantes (o unos salarios que crezcan lo menos posible en comparación con el coste de la vida). Es el dilema del siglo XXI, la globalización, las marcas, las modas y la publicidad. Todos queremos el último modelo, pero cada vez tenemos menos dinero en el bolsillo. El coste de tener el mejor móviles es tener un salario de mierda, perdón y mejor dicho, un salario Iphone.

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Vocal de la Sección de Guadalajara del Ilustre Colegio de Economistas de Madrid. Colegiado Nº 26.463

Publicado en la edición en papel del periodico “Nueva Alcarria” el 1 de Septiembre de 2017

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