Mi frutera Matilde

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Mi frutera Matilde

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Si mencionamos el nombre de Patrick Bologna, lo primero que nos vendrá a la cabeza será un delicioso plato de pasta condimentado con carne picada, zanahoria, apio, cebollas, tomates, pimiento morrón, orégano y Chianti Classico (ojo, esta columna informa, entretiene y alimenta a partes iguales) o una bella ciudad del norte de Italia a mitad de camino entre el circuito de Monza y la cuna del aceite balsámico más usado en nuestras ensaladas. Nada más lejos de la realidad, este italoamericano tiene el (dudoso) honor de ser el protagonista de una de las principales anécdotas económicas del siglo XX. El bueno de Patrick era limpiabotas en el cruce de las calles Wall Street y William Street, a dos manzanas de la Bolsa de Nueva York y se hizo famoso por ofrecer sus consejos financieros a pie de calle mientras sacaba lustre a los mocasines de los creadores de mercado que acudían diariamente al centro de negociación de valores por antonomasia. No era mala publicidad: por sus manos acudían algunos de los más reputados economistas, parte de la cúpula empresarial americana de los felices años 20 y operadores bursátiles aburridos de dar órdenes de compra y venta. Aunque solo sea por confianza o por temeridad, alguna conversación interesante seguro que existiría entre betún y cepillo.

Se ha atribuido la historia a muchos padres (por ejemplo a John D. Rockefeller o a Joe Kennedy, padre de JFK) pero existe consenso que el autor material de la frase: “cuando el limpiabotas habla sobre la bolsa, es tiempo de vender”, fue el financiero Bernard Baruch, un prestigioso filántropo de primera mitad de siglo que hizo fortuna a base de prudencia y de sentido común. Cuando el joven limpiabotas, se ofreció a aconsejar a una de las mentes más lúcidas del mercado de valores (exactamente le ofreció compañías petroleras y de transporte de ferrocarril) sobre qué hacer con su dinero, éste volvió a su hogar convencido que si alguien ofrecía un futuro excepcional a cambio de prácticamente nada (la voluntad o una propina) es que el mercado estaba totalmente fuera de control y debía liquidar sus posiciones bursátiles. El tiempo terminó dándole la razón y al poco (quizá semanas), se originó el famoso crack del 29 que, en resumidas cuentas, se llevó casi todo por delante. Baruch no perdió dinero en los años posteriores (es más, amplió su patrimonio con posiciones cortas aprovechando el descenso de cotizaciones) mientras que Bologna perdió sus ahorros, aunque no cambió de profesión en las siguientes décadas (en el inicio de la crisis, no sumaba más de 21 años en su carnet de identidad). Es más, ambos protagonistas de la historia, tuvieron largas vidas a la sombra del poder económico, Bernard como asesor en la Casa Blanca y Patrick como gacetillero ocasional de Wall Street. Dos caras de una misma moneda, pero la cruz se la llevó el limpiabotas.

Regresando al siglo XXI y ya en nuestro país, hay una frutería muy llamativa detrás (casualmente) de la Bolsa de Madrid, entre las calles de los “Alfonsos”, casi lindando con el parque del Retiro. Tiene un género absolutamente fascinante: verduras de temporada con tierra todavía húmeda en las raíces, frutas exóticas de varios continentes y una atención al público excelente. De esos sitios que te sientes cómodo y al cual, acudo con asiduidad para comprar materia prima de calidad, ya sea para jugar a ser cocinero (a mis veinte y doce, ya es hora de aprender a cuidarse) o disfrutar de algún batido natural lleno de colores saludables. En mi última visita, y estando la tienda hasta arriba, como de costumbre, asistí a un apasionado debate entre clientes y regencia, sobre “cuál era la mejor inversión en estos momentos inciertos donde los tipos de interés estaban en el 0% y no había oportunidades reales para el pequeño inversor que sostenía la economía real de este país”. Ante semejante conferencia improvisada en esta lonja económica, mis ganas de merendar y yo, escuchamos absortos un intercambio de ideas donde se enunciaban todos los activos posibles: “nos van a pagar las pensiones con deuda pública y si no, al tiempo”, “ahora es momento de comprar vivienda, que ya ha bajado todo lo posible y lo de dentro de la M-30 está lleno de gente”, “en lo del Popular hay más cera de la que arde, como en Afinsa o en Nueva Rumasa”, “nene, compra Inditex que la gente va a vestirse siempre y Amancio sabe lo que hace”, “el oro, el oro, ¿es que nadie piensa en el oro?”, “lo de siempre, el colchón de toda la vida”. Las siete u ocho personas que me precedían para comprar vegetales ofrecían su punto de vista y se iban cargadas con bolsas de consejos. Cuando llegó mi turno y elegí mi media sandía, la frutera me despachó diciendo: “ninguno tiene ni idea, lo mejor es Telefonica: empresa estable y dividendo asegurado”. Trabajo rodeado de números, contratos y opciones, pero aquello directamente era abrumador. Si ya lo dice mi madre: en cada español hay un seleccionador nacional, un político conciliador, un tertuliano de Telecinco y un ministro de Economía.

Las cosas no han cambiado demasiado en el último siglo, La economía es una ciencia sencilla desde el punto de vista teórico, pero muy compleja de explicar en la práctica por la acción del ser humano. Como diría Sabina “en tiempos tan oscuros, nacen falsos profetas” y todo el mundo parece que tiene la piedra filosofal del conocimiento económico. Como hace casi cien años, el mercado está loco hoy con los tipos de interés tan bajos y por ello esta columna la puede escribir cualquiera: el limpiabotas Bologna o mi frutera “Matilde”. El único consejo que puedo dar como economista es el siguiente: coman 5 piezas de fruta y verdura al día y lleven sus zapatos siempre limpios. Baruch lo hacía y no le fue nada mal.

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Vocal de la Sección de Guadalajara del Ilustre Colegio de Economistas de Madrid. Colegiado Nº 26.463

Publicado en la edición en papel del periodico “Nueva Alcarria” el 28 de Julio de 2017

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