La vuelta al cole de Lucas

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La vuelta al cole de Lucas

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La gran mayoría de las decisiones diarias de los individuos están centradas en “sus dineros”. La economía, ese bella ciencia social y empírica (ojo, definición digna de Samuelson, Mankiw o del bar de la esquina) que estudia la correcta asignación de recursos (limitados) para la satisfacción de las necesidades (infinitas) del ser humano.

La vuelta de las vacaciones supone un ejercicio de planificación temporal digna de estudio (más incluso que año nuevo). Se ha vuelto de vacaciones (algunos un fin de semana en el pueblo, otros tres meses tomando moreno) y empieza una nueva etapa. Una más, a veces rutinaria, a veces de ruptura, donde casi siempre se repiten los mismos patrones periódicos: la famosa depresión postvacacional, la vuelta al cole de los niños (y los no tan jóvenes), potenciar nuevos hobbies, desarrollar buenos propósitos (monten gimnasios y academias de inglés ¡malditos!), ver la arquitectura familiar de puentes, acueductos y fiestas del guardar del siguiente almanaque y una larga lista de checks que no desbloquean logros, sino la cruda realidad. La vuelta al colegio es la metáfora del preso que regresa a la celda tras disfrutar de una etapa de libertad condicional. A veces deprime pensar que el estado natural del ser humano es dedicar el 90% del tiempo anual orientado a un puesto de trabajo y a un sueldo para unas expectativas futuras. Los de los recursos escasos y la lista ilimitada de sueños por cumplir. Maldita economía. Dejemos la nostalgia y empecemos un cuento basado en hechos reales. Como Dunkerke, como la vida misma.

Todos tenemos la vuelta al cole y echamos nuestras propias cuentas. Lucas, es el hijo de unos amigos míos de toda la vida, un chaval majísimo que va a empezar su segundo año de primaria y con sus 6 años recién cumplidos desborda alegría, inocencia y descaro. Merendando en casa de sus padres (insisto, una pena que el verano tan solo sirva para engañar al tiempo), contemplé una curiosa negociación entre vástago y cabeza de familia sobre cuál iba a ser la paga del menor durante este nuevo curso. Los argumentos del chico, inapelables: que los precios de las chuches están subiendo (inflación), que el resto de los amigos tienen cosas muy chulas (mercado y modas), que se había portado muy bien en estas semanas con la abuela (productividad) y  que iba a sacarse muy buenas notas (incentivos). Por su parte, el padre, un buen amigo y compañero de la facultad de economía no le iba a la zaga y le respondía con una buena dosis de zapatilla financiera: que a él no le habían subido el sueldo todavía y que no podía repercutir esa mejora salarial al resto de la familia (transferencias), que la cosa estaba muy mal y no tenía bonus este año (competencia) que la yaya no pensaba igual y que Lucas había dado un poco de guerra en el pueblo (estándares de calidad), que no tenía que acumular cosas porque si (educación al consumidor) y que estaba vendiendo la piel del oso antes de cazarlo porque 2º es un curso más complejo en lo formativo (realismo).

El pequeño Lucas se puso triste porque él quería 5€ más a la semana para sus cosas y al final no consiguió lo esperado. Se enfurruñó y terminó encerrándose en la habitación entre sollozos. Mi ausencia de paternidad actual y mi curiosidad gatuna terminó por imponerse a mi reducida prudencia y al final les pregunté la razón por la cual no habían accedido a un aumento tan exiguo, ofreciéndome incluso a darle al peque de la casa una propinilla trimestral si fuera necesario por las buenas notas. La respuesta de los (excelentes) padres fue de manual: “Choche, si no es por no dárselo, es que al final le compramos todo lo que pide o necesita y su paga, directamente, la mete la  hucha, no se gasta nada de lo suyo”. Tras reírme durante varios minutos a lágrima viva de la situación ya que el chaval de motu propio había aprendido a conseguir todo lo que quería sin gastarse un céntimo (otros tardan una vida completa en aprenderlo), fuimos a buscar a Lucas a su cuarto para consolarle y zanjar el tema. Cualquier observador internacional que viera aquel salón, hubiera pensado que eso podía haber sido perfectamente la mesa de negociación de la estiba o del Prat. Se cortaba la tensión en el ambiente como si fuera un nuevo bizcocho.

Un poco de mamitis y dos piezas de fruta después, quedaron firmados los “Pactos del Cerdito” (¿Quién inventó a los gorrinos rosas como simil del ahorro?). A Lucas le iban a dar 2€ más a la semana y si sacaba buenas notas en cada evaluación, le subirían 1€ más progresivo en Navidad, Semana Santa y Verano próximo, amén de un plus final por comportamiento y rendimiento académico (expresado con palabras para niños, eso sí). A cambio, Lucas  no podía pedirle ni a papá ni a mamá más dinero para comprar cosas extras, que debía ser mayor para empezar a organizarse (es más, con lo que le dan, podía comprarse una bici o una consola cada año, aunque después sus padres se lo repongan) y que debía aprender  el valor del dinero. Al irme, el pequeño estaba sonriendo y los padres también. El primero por haber conseguido un aumento salarial orientado a objetivos (que los conseguirá, es muy listo este cachorro) y los padres por haberle enseñado una valiosa lección que atesorará de por vida. Desde aquí un mensaje al tutor o tutora de Lucas de este curso: pongan a ese chico sobresaliente, se lo ha ganado a conciencia.

Por mi parte, ahorraré 5€ semanales para Lucas como premio por sus resultados académicos. Lo que no me queda tan claro es si estaré incentivando el esfuerzo del trabajo de todo el año o que abuse de lo común mientras se preocupa de preservar su patrimonio privado. Ahí queda la duda. En todo caso, ya lo pone en su propio evangelio (Lucas, 20, 22-26) al César lo que es del César y a esta pequeña gran revolución lo que se merezca. Maldita economía

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Vocal de la Sección de Guadalajara del Ilustre Colegio de Economistas de Madrid. Colegiado Nº 26.463

Publicado en la edición en papel del periodico “Nueva Alcarria” el 25 de Agosto de 2017

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